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CUBA

Muchas tiranías sucumbieron luego de epidemias, terremotos o erupciones volcánicas.

Nada diferencia a Stalin, Hitler, Mao, Fidel Castro, Mussolini, o los Kim, de aquellos reyes y emperadores que eran los «elegidos» y gobernaban por «voluntad divina»

Gerontocracia del castrismo

20 de Abril 2020

Ni el general Castro ni quienes lo sostienen en el trono se imaginaron que un enemigo apolítico, sin ideología, sería lo que les podría remover el piso.

Las tiranías tiene los medios, lo cual es una desventaja para la población, que al recibir noticias falsas, que ocultan la verdadera gravedad de la epidemia, se confía y hay más contagios.

En la medida en que sea más evidente la incapacidad de la «revolución» para proteger a los cubanos de la pandemia del Covid-19, al tener que exponerse cotidianamente en las calles para conseguir alimentos, y mientras más ostensible sea el estado calamitoso del sistema de salud de la «potencia médica», más obvia y definitiva será la necesidad de que la gerontocracia de la Sierra Maestra se haga a un lado para que se realicen cambios en la nación.

En Cuba podría producirse una catástrofe humanitaria

Claro, en medio de la pandemia difícilmente podrían efectuarse esos cambios, pero sí podrían y debieran ocurrir luego de que haya indicios de que los contagios de coronavirus bajan y la vida en el país se vaya normalizando.

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La pregunta es si Raúl Castro, Machado Ventura y Ramiro Valdés, los tres históricos principales, y los generales también históricos que integran la Junta Militar que dirige la Isla, tendrán la voluntad de apartarse «elegantemente» o habrá que obligarlos a renunciar como hicieron en Vietnam en 1986 con la vieja dirigencia estalinista de los tiempos de Ho Chi Minh para emprender el «Doi Moi» (reformas capitalistas).

A esa interrogante sigue otra más difícil: ¿quiénes y con qué autoridad (fuerza) podrían obligar a renunciar a ese Consejo de Ancianos aún todopoderoso? ¿Habrá que seguir esperando a que desaparezcan físicamente?

Nadie puede saberlo, pero de ocurrir una catástrofe humanitaria en Cuba por culpa del régimen comunista es muy difícil que las cosas en Cuba vayan a seguir exactamente igual que hasta ahora. Y nadie puede asegurar que no signifique el fin de la dictadura. Dada la inevitable aglomeración de cubanos en las colas, nadie sabe el alcance devastador que pudiera tener en la Isla este azote, originado no tan casualmente en China, donde gobierna otro Partido Comunista, el mismísimo del genocida Mao (65 millones de muertos).

En este sentido debemos recordar que la historia también muestra que muchas tiranías sucumbieron luego de epidemias, terremotos o erupciones volcánicas. Y es que en tan trágicas circunstancias las dictaduras quedan al desnudo, saltan por los aires las falsedades en que se afincan.

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Muchos rusos creen que el desastroso accidente de Chernóbil fue lo que precipitó finalmente el fin de la Unión Soviética.

Los embates de la naturaleza no están en ningún plan previsible de contingencias del Gobierno, ni en los «Lineamientos» del Partido Comunista. No son predecibles, ni tienen ideología política, ni son atemorizados o paralizados por poder despótico alguno. Por el contrario, las desgracias ocasionadas por la naturaleza son la peor oposición política de la dictadura castrista, pues no hay manera de aplastarla, manejarla o ignorarla.

Esto engarza con otra falacia que se hace trizas. La llamada «revolución cubana» no fue otra cosa que la estrategia personal de Fidel Castro para imponer el comunismo, ser mantenido por Moscú y perpetuarse en el poder. Los procesos socioeconómicos y políticos se miden por sus resultados y el balance del castrismo es harto elocuente: los cubanos hoy viven muchísimo peor que hace 61 años.

La «revolución» es un acto de fe hecho pedazos

Además, tanto el fascismo como el comunismo son únicamente actualizaciones del Medioevo feudal y del absolutismo monárquico de los tiempos de Iván el Terrible o de los Luises franceses. Nada diferencia a Stalin, Hitler, Mao, Fidel Castro, Mussolini, o los Kim, de aquellos reyes y emperadores que eran los «elegidos» y gobernaban por «voluntad divina«. O sea, sus reinados eran por sí mismos actos de fe.

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El fascismo y el comunismo son sin duda actos de fe, pagana, una fe en la que en el caso de Cuba ya nadie cree en ella. De manera que los «elegidos» que conforman la cúpula castrista solo se mantienen en el poder por la fuerza bruta y la represión, ya no hay «fe revolucionaria» que la sustente. Desapareció hace muchas décadas.

Volviendo a la pandemia. En Cuba los jerarcas históricos ordenan a los subordinados que den la cara, como Díaz-Canel y su burocracia, que instruyan a los medios estatales para que arremetan contra los ciudadanos que no cumplen las disposiciones de aislamiento social. Pero silencian que es precisamente el Estado que ellos encabezan el que impide las cuarentenas debido a su incapacidad para producir, importar y distribuir alimentos suficientes para que las familias se puedan quedar en casa.

Hasta ahora lo que está haciendo el régimen castrista es lo mismo de siempre: mentir y manipular la realidad. Oculta las verdaderas cifras de contagiados, ordena un aislamiento social que no es posible y el sistema de salud es incapaz de dar respuesta a la pandemia. Es decir, con el coronavirus, la falsedad del castrismo, así como la inutilidad y naturaleza criminal de la cúpula gobernante, y la urgencia de que sea sustituida, han adquirido una fuerza masiva inédita.

Y eso se aprecia en la velocidad con la que se está «cabreando» la gente de a pie. Más que nunca antes. Como le dijo indignada la habanera Dalia Gutiérrez a un periodista independiente: «Irrita que la población siempre tenga que cargar, con pandemia o sin pandemia, las culpas ante problemáticas que solo puede solucionar el Gobierno, y no el pueblo».

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Al igual que Dalia, son muchos los cubanos que ya alzan la voz sin miedo. Y la alzarán más mientras más contagios haya por la incapacidad del régimen para impedirlo.

Ni el general Castro ni quienes lo sostienen en el trono se imaginaron que un enemigo apolítico, sin ideología, y no el «imperio yanqui», sería lo que les podría remover el piso.

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